lunes, 11 de noviembre de 2013

Ascensorista



Tengo miedo de que por llevar el compás
termine rompiendo el arpegio de los minutos que te hacen sonreír
sobre los fragmentos de un tiempo que nunca fue nuestro,
tengo miedo de la voracidad con que el fuego carcome el agua
de un manantial con fondo de lajas, que fue tan fecundo.
Y de que abras las alas en el justo lugar
en que parpadeo tonto llevado por la curiosidad
distraído de la posibilidad de probar tu cuerpo sin rumbo.
Tengo miedo de que me digas que no,
estómago de niño alimentado de mendrugos, de miel y de sal,
después de haber comerciado las mejores intenciones.
Sos la ascensorista de todas las razones y de todas las insignificancias,
ojalá dijeras ojalá,
ojalá sepas disimular
si solo las estrellas me extrañan
sobre la cúpula,
sobre la cópula.

Tipitina, shala la la…
Tipitina, shala lá…
Crepitar de castañas en la hoguera una noche cerrada y junto al río,
o en su defecto, malvaviscos.
No es simplista si es verdadero.

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martes, 5 de febrero de 2013

La noche sin terminar



Igual no querías que me quede
sino que me fuera a la hora señalada
y sin necesidad de alzar las cejas
pero nunca me aprendí las señas (del truco),
igual, otro día prometo darte el gusto
y poner cara de perro, aullarle a la luna
y hacer todas esas cosas que hacen los que se jactan
de llamarse perdedores.
Igual, estabas tan encantadora.

Silbando bajito bajo la lluvia,
lluvia de verano en una ciudad
que así como está no la queremos,
¿creés que no te entiendo?,
el helado no estaba tan duro y yo tampoco,
quizá mañana,
pero esta noche nunca va a terminarse.
Yo sólo ya me voy,
porque quedándome mi quietud es movimiento
que rasga el aire,
que rompe la noche,
que mata vampiros.
Nuestro error es estar atentos a cada signo,
es ver en cada azulejo descompuesto un presagio,
aún en el ardor de esperar que todo el viento
entre por esas banderolas.

Nada, la próxima vez
me gustaría me pidas que me quede.

02/02/13

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Las cosas

Mama dice que soñó
que algo debía decir
pero nunca supo qué;
en la tele dicen que en este verano
la moda será
lucir ropa de cartón.
Hay algo sufriente en el otro cuarto,
una cosa que me recuerda caracoles,
iría a sacrificarla si no fuera
porque dudo mucho no haberla creado yo.

Golpeando a las puertas del cielo, oh, sí,
golpeando a las puertas del cielo.

No tengo miedo al ridículo,
solo es que ya no sirve más
y ni bien refresque un poco
me compraré otra;
una escalera al cielo donde Robert Plant
sea el portero de la desilusión,
mientras tanto podemos cantar
y bailar catala-catala.

Fijando un agujero
podrás comprender
los huecos que persisten y los que ya no,
enciendo una vela al pie de tu altar,
me tiendo en la fresca losa de tu amor.

Oh, sí, golpeando a las puertas del cielo,
uh, uh ié, knockin to heaven’s door.



07-12-2012

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Lo que escucho cada vez que vuelvo de la locura



I. En 1964 me fui de viaje, y nunca más volví. O es que aún sigo volviendo...

II. Es que quizá no se puede volver nunca de este tipo de viaje. O es que, tal vez, partes fundamentales de uno mismo quedan impregnados, para siempre, en los distintos paisajes que dejamos atrás.

III. Creés saber de qué hablo, pero no. No naciste como yo, en Disneylandia. Yo nací para darte placer. Vos y yo no somos iguales.

IV. Cuando era chico no me pasaban demasiadas cosas. Pero era un chico divertido. Contaba cosas y entonces todos reían. Relataba cosas que supuestamente me habían sucedido, pero mentía. Mentía, mentía y mentía, para hacerlos reír. Porque era mejor, la vida era más fácil, si ustedes reían.

V. Me quedaba para mí un resto interno. Un pasaje húmedo donde van a dormir los pájaros, detrás de la cascada.

VI. No puedo pasarme los días escribiendo, ni hablando con ustedes. No puedo pensar en comprarme una guitarra. No puedo pasarme los días intentando hacerlos reír. Mamá no va a entenderlo.

VII. Por un tiempo callé, y no hice reír más a nadie. Estaba creciendo y necesitaba silencio para poder fantasear. Entonces salí de la piedra y transité unos cuantos pisos de madera. Fue también el tiempo del preámbulo de la guerra.


VIII. No había entonces donde escapar, pero yo no lo sabía. Y hubo una nueva declaración de guerra, de una guerra que venía de antes, que era eterna. La guerra de los colores, azules contra colorados, negros contra blancos, gorilas contra corderos… Ah, estos no son colores…

IX. Ah,
la belle epoque… Oímos vaudeville, comimos croissants, nos enamoramos con Jean Paul y Simone, y aprendimos que el avant-garde no era más que curvar rectas y enderezar curvas...

X. Es así, a
my generation no le quedó mucho más que ponerse a ver películas; megaproducciones de presupuestos faraónicos, con cotizadísimas superestrellas y millones de efectos especiales; es decir, películas mudas.

XI. No iba a ser de extrañar, así, que me sobrevinieran altibajos.

XII. Entonces me di cuenta que estaba viviendo en el sótano de la existencia. La más feroz dictadura imperaba en planta baja. Y tenía el altillo lleno de ratones.

XIII. Había enfermado de fiebre de sábado por la noche, pero los domingos en casa solo se oía tango, y, aún, el eco de un canto de sirenas todavía procuraba perfilarse desde los días de la infancia.

XIV. Habrá también en mí un involuntario e inconsciente persistir, en ese estado de seguir siendo yo.


XV. Pero la angustia me condujo a beber, y esto iba a llevarme a procurar hacer música. Me puse a soplar botellas.

XVI. De manera mucho más responsable, me puse a estudiar guitarra. Pero no fui muy lejos con esto… Mis dedos, mi mente y mi alma, para estas fechas, se hallaban ya suficientemente adocenadas… No tenía un arpegio que me acompañara en mis ejercicios. Entonces, me resultó imprescindible un arpegio para acompañar a un chico que aprende guitarra.

XVII. Y fue por esta época que entablé contacto con la secta de los hombres voladores.

XVIII. La vida se volvió un misterio.

XIX. Mientras el mundo dormía su sueño.

XX. Y con los hombres voladores, en su accionar subversivo, casi diría, delictivo, fue que emprendimos el asedio al castillo.

XXI. Entonces Dios mostró sus dientes, afilados y de vidrio, y nos picó en las heridas.

XXII. Y el misterio se volvió vida.

XXIII. Iban a pasar años hasta conocer el amor verdadero, y las astillas de un amor enloquecido.

XXIV. La vida se hallaba electrizada; los pajaritos, electrónicos.

XXV. Fisuré, debo reconocerlo. Abandoné a los hombres voladores y me volví adulto. Cometí un par de crímenes, de los que me avergüenzo. Quise enmascararme, pero entonces me di cuenta que ya tenía puesta una máscara. Me volví el horror de la noche, el vengador oscuro.
The psychokiller.

XXVI. Me quedé en mi casa, luego, cavando una fosa alrededor de la mesa con mi caminar, por no ir a morirme a la tuya.

XXVII. Hasta que la señora Resignación me hizo suyo a mí también. Entonces volví a sentirme libre.

XXVIII. En mi derrotero, en ese nuevo estado, hallé a unas cuantas almas perdidas.

XXIX. Pero hubo algo que no iba a cambiar en mí: Yo nací para darte placer.

XXX. Pasé un año en Barcelona, fumando hachís, y se me llenó la cabeza de humo.

XXXI. Mientras tanto el mundo seguía siendo una ruina. El mono seguía comiendo tipitos.

XXXII. Pero hasta en el más crudo invierno brotan retoños…

XXXIII. Las generaciones se renovaron y hubo nuevas maromas de revolutas.


XXXIV. Siempre fui un profeta… O nunca tuve tierra, bah.

XXXV. No solo creí haber nacido en Disneylandia, además, pensé que yo era Mickey Mouse; como sea, alguna vez, mi realidad no fue tan monstruosa.

XXXVI. ¿Y?... (La natural).

XXXVII. Pero nunca bajé los brazos (sea lo que eso signifique).

XXXVIII. Y estaba toda esa cosa del Fausto, criollo o no, ahijuna. Aunque a mí también el diablo llegó a caerme simpático. Pericón.

XXXIX. Los griegos inventaron las tragedias. El resto de la humanidad las compró.

XL. Y no vayan a creer que alguna vez no llegué extrañar a aquel amor enloquecido.

XLI. Pero, finalmente, se iba a acabar el misterio, al menos para mí. De ahí en más, el tiempo ya no me pertenecería, ni yo a él.

XLII. Estoy harto. De la mujer-isla, que quiere encerrarme en su isla-vida, nada más que porque llegué ahí en procura de mis cacahuetes. De los decrépitos mastodontes raquíticos (emocionalmente hablando). De los locos porque sí. Estoy harto. Estoy harto de la cultura.

XLIII. Finalmente, cambié de apellido y de patria, y cambié de religión. Por poco también cambio de sexo. Esto despertó en el mundo aversión hacia mí, pero yo tenía derecho a realizar esos cambios. Yo amé al mundo y me marginé de él. La historia de un amor que no pudo ser.

XLIV. Pero, cada tanto, como que algo iba queriendo despertar en mí…

XLV. Porque, también al final, el brillo de tu mirada era la evidencia de que no todo es cognoscible; de que la vida y el mundo no son más que como claros dispersos de un bosque encantado; de que la verdad es, aunque se la encierre en cajas de música.

XLVI. Y que vivir la vida podía ser una aventura.

XLVII. Necesitaba nada más que un poco de consenso, un sentido común, que por una vez en la historia no hubiera que desear un milagro…

XLVIII. Y no reparé en que vos eras el paisaje, el mapa, mientras recorría tus curvas…

XLIX. Alguna vez dudé acerca de si los amaba o los odiaba, o si me resultaban absolutamente indiferentes. Ustedes, los que me leen. Lo cierto es que mientras ella esté, ustedes jamás me podrán resultar indiferentes.

L. Los he odiado y los he amado a todos ustedes, los que leen, con las vísceras. Y quisiera poder perdonarlos a todos, pero en algunos casos, el cuerpo no me responde. Pero mientras ella esté, todos seguiremos siendo uno, todos seguiremos siendo lo mismo. Vos, yo, la humanidad.

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El hombre invisible



El hombre invisible odia a todo el mundo
porque nadie puede saber que él existe.
Para que puedan leer sus poemas invisibles
los escribe con tinta dorada, que brilla
y enceguece las miradas,
con los que embauca a los tontos de siempre.
Y quiere ser famoso
pero no puede ser más que anónimo.
El hombre invisible se enoja
con los niños que le dibujan
anteojos, bigotes y cuernos.
El hombre invisible ama a la mujer invisible,
pero como no sabe dónde está,
es lo mismo que hacerse una paja.

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Otras paredes



Y la sensación otoñal
como de lamernos uno al otro las heridas,
perpetradas por los fantasmas
de nuestra infancia compartida.
Si aquella pared presenta aristas
a las que puedas asirte,
pues, luego, aquella pared
será suelo.
Ese es mi dilema,
ante una pared de porcelana,
no puedo abrirla,
no puedo subirla,
no puedo treparla.
Solo me resta
recorrerla como un pequeño zorro,
esperanzado en que por fin
el mundo acabe.
Confiarás en mí,
en la aventura
de desglosar la Historia,
justo allí,
donde mueren las sombras.

(1993)
A mi hermana, Alicia

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